En tierra moribunda: más allá de la toxicidad en una comunidad Afromexicana

*This post is part of our new series on Black Ecologies edited by Justin Hosbey, Leah Kaplan, & J.T. Roane.

(Meztli Yoalli Rodriguez Aguilera)

Una madrugada de septiembre de 2017, en un pequeño pueblo de pescadores en la costa del Pacífico de Oaxaca, México, llamado Zapotalito, miles de peces muertos flotaban sobre la superficie del agua de las lagunas Chacahua-Pastoría. La comunidad negra e indígena ha pedido justicia por este y otros hechos, pero consideran que su racialización ha influido en la inacción del gobierno y que el legado de racismo ambiental también está acabando con su laguna.

El discurso y la gobernanza ambiental en las Américas tienden a asociar a los grupos indígenas con luchas por la tierra, pero las comunidades afro y afroindígenas de la Costa Chica tienen luchas paralelas. Los gobiernos multiculturales de América Latina, generalmente, entienden la tierra como un criterio para definir la indigeneidad; sin embargo, esto puede borrar la conexión histórica de los afrodescendientes con la tierra y reproducir exclusiones de los derechos colectivos a la tierra (Ng’weno, 2007). Los mestizos de la Costa Grande a menudo se consideran el epicentro del activismo ambiental de la región, pero este ensayo subraya cómo los afrodescendientes en la Costa Chica han dado forma a una ecología negra floreciente en el sur de México.

Una ecología negra en el Pacífico

Las ideas coloniales sobre la raza y el medio ambiente primero descartaron a la Costa Chica como una zona de extracción, pero los afrodescendientes pronto remodelaron la región en una zona de refugio. Los españoles, después de traer enfermedades que diezmaron y desplazaron a las poblaciones indígenas, llevaron a miles de africanos esclavizados a la Costa Chica en los siglos XVI y XVII para trabajar principalmente en plantaciones o en milicias. Sin embargo, tan pronto como los afrodescendientes llegaron a la región, buscaron la libertad y probaron los límites del control español de la región formando comunidades cimarronas, o fugitivas.1

En el siglo XVIII, la Costa Chica estaba dominada por numerosos pueblos negros e indígenas. Después de que México obtuvo su independencia, los líderes afrodescendientes Juan Álvarez y Vicente Guerrero -considerado el primer presidente negro en las Américas (1829)- llegaron a encarnar la idea de la costa de Guerrero como un lugar negro fuera del control estatal. A raíz del colonialismo, la primera república de México continuó marginando la política negra y esa región con un desarrollo diferencial.

Incluso sin racismo, el clima tropical seco de la Costa Chica es desafiante. La lluvia se detiene durante meses y solo cae con fuerzas destructivas en un lapso de horas. El Pacífico tiene un dominio preponderante sobre el clima, pero las sequías y los monzones anuales dan forma a las personas y la vida vegetal en la costa. Para las poblaciones locales negras, amuzgas, chatinas o mixtecas, las lagunas se volvieron fundamentales para la vida y el sustento en estas tierras que de otro modo estarían secas. Más sabana que bosque tropical, el estrés por sequía de la Costa Chica alienta a la vida vegetal a desarrollar aceites, toxinas o espinas para proteger el suministro de agua para insectos y animales. Esta adaptación o resistencia ayuda a las plantas productoras de aceite a prosperar en estos entornos, pero como la expansión del cultivo de plantas oleaginosas contaminó las fuentes de agua locales, las poblaciones locales también tuvieron que adaptarse para mantener su ecología, su hogar y su forma de vida.

Cinco lagunas principales de agua dulce bordean el Océano Pacífico desde Acapulco, Guerrero hasta Puerto Escondido, Oaxaca, y ofrecen fuentes esenciales de alimento y agua para beber y también para el riego. Las lagunas y los ríos que las alimentan, también han sido sitios de generaciones de plantaciones de semillas oleaginosas de cacao, algodón y cocos. A medida que estos cultivos oleaginosos modernizaron el mundo, se basaron en las experiencias locales afromexicanas.

Como muchas de las comunidades de la diáspora africana alrededor de los trópicos, también algunas comunidades afromexicanas cultivaron las semillas oleaginosas necesarias para estas industrias mundiales de aceite vegetal. La creciente demanda nacional y mundial de cultivos oleaginosos para fabricar aceites vegetales, plásticos y jabones después de la Segunda Guerra Mundial impuso mayores presiones económicas y ecológicas en la Costa Chica, la cual se convirtió en la mayor productora nacional de algodón, semillas de ajonjolí y cocos en tres diferentes periodos del siglo XX. A medida que la región se convirtió en la mayor productora de cocos del hemisferio occidental en la década de 1950 y Acapulco emergió como la atracción turística más candente del mundo, ¿este modelo de desarrollo en Costa Chica mejoró las vidas de sus habitantes?

Los cultivos oleaginosos contaminan las lagunas de la costa del Pacífico  de la misma manera como el petróleo ha dañado las lagunas de la costa del Golfo. En lugar de beneficiarse de la expansión de empresas históricas y contemporáneas en la Costa Chica, como asienta Anderson Clayton, ocurrió todo lo contrario: las comunidades afromexicanas han sufrido un desarrollo desigual y daños ambientales. A lo largo de las lagunas Chacahua-Pastoría de Oaxaca en particular, los ciclos históricos del desarrollo petrolero y turístico se produjeron a expensas de la salud y la justicia ambiental en la región. Los ambientalistas locales han pugnado décadas por la ayuda del gobierno. Hoy, el gobierno mexicano ha comenzado a reconocer la negritud de los lugareños, pero ¿reconocerán su ambientalismo?.

El ecocidio de las lagunas de Chacahua-Pastoría

El presidente Lázaro Cárdenas declaró las lagunas Chacahua-Pastoría como parque nacional en 1937, pero ser un territorio protegido no salvó a las comunidades circundantes de la degradación ambiental. Los esfuerzos estatales posteriores para controlar el desarrollo socioeconómico de las lagunas también tendieron a priorizar la economía sobre las comunidades locales: Zapotalito, Cerro Hermoso, Chacahua y El Azufre, entre otras.   Los funcionarios estatales comenzaron a construir las obras hidráulicas que socavaron la integridad de las lagunas en la década de 1970. En primer lugar, el gobierno construyó un rompeolas que pretendía estabilizar la laguna pero que no trajo ni peces ni pescadores. Luego, en 1992, la construcción de represas en el Río Verde para la irrigación solo disminuyó el acceso de los lugareños al agua dulce de la laguna. La década siguiente, los desarrolladores turísticos agregaron dos rompeolas más a lo largo de la ensenada para crear una bahía para atraer visitantes, lo que desconectó el flujo de agua, al producir dunas de arena entre la laguna y el océano. La nueva bahía nunca existió y la comunidad de Cerro Hermoso no puede ignorar la disminución del turismo debido a un proyecto estatal fallido.

La infraestructura de vías fluviales costeras se vio agravada por la afluencia de productos químicos tóxicos provenientes de las industrias locales de cultivos oleaginosos en las últimas décadas. Sin el turismo, estas industrias producen cada vez más papaya, limón y coco en la región, lo que ha acelerado la deforestación, la erosión y vertidos de agroquímicos en la zona. Por ejemplo, una fábrica multinacional de aceite de limón a algunas millas de Zapotalito ha estado tirando desechos químicos directamente en las lagunas desde principios de la década de 2000. Además del acceso, la contaminación del agua es ahora un peligro para la salud pública y un problema de soberanía del agua.

Cristina, una pescadora afromexicana, dijo en una entrevista “Hay días en los que no ganamos ni para la comida, salimos de la laguna sin nada, ni siquiera con algo para comer”. El ecocidio de las lagunas Chacahua-Pastoría resultante de proyectos estatales fallidos socava directamente la principal fuente de sustento de la población local. Con lagunas agonizantes, estas comunidades están sin peces, sin agua potable adecuada y sin ganancias del ecoturismo.

Incluso sin consumir productos químicos que están presentes  en los peces o el agua de la laguna, la masa de agua en descomposición es una afrenta a otras sensibilidades. Tocar el agua puede provocar problemas en la piel de las personas.  El olor a agua putrefacta e inerte ha producido dolores de cabeza, mareos y náuseas. En una entrevista realizada en 2018, el pescador local Fernando describió un aumento en los casos de cáncer de estómago en varias comunidades de la laguna. Estas afirmaciones exigen una investigación científica.

Desde principios de la década de 2000, los residentes de las lagunas Chacahua-Pastoría han solicitado el apoyo del gobierno para salvar sus lagunas. Las comunidades enviaron cartas a la Ciudad de México y protestaron frente a  edificios estatales en la capital del estado, Oaxaca de Juárez. Incluso han denunciado violaciones de derechos humanos a nivel nacional e internacional. En la vida cotidiana, las comunidades actúan para sobrevivir y proteger la vida en sus territorios. Entre otras cosas, cooperan en formas de ayuda mutua, como cocinas colectivas para sus familias, el intercambio de alimentos, el cuidado de los niños durante las salidas de pesca y el trabajo colectivo comunitario (tequio). Además de exigir el apoyo del estado, las personas locales también demandan que el gobierno reconozca y aborde su racismo ambiental en Costa Chica en general y en las lagunas Chacahua-Pastoría en particular. Las demandas por los derechos territoriales han aumentado desde que el gobierno nacional comenzó a reconocer e integrar oficialmente a sus ciudadanos afrodescendientes en la constitución federal en 2019, pero, como los turistas, la justicia ambiental aún no ha llegado a la Costa Chica.

Un día de verano de 2018,  frente a la laguna , una mujer afro-mixteca llamada Yolanda insistió en que, “si no hacemos nada ahora con esta laguna, cuando los niños de nuestra comunidad crezcan, no va a haber nada , Zapotalito será un pueblo fantasma”. Desafortunadamente, México no es un lugar seguro para los ambientalistas. Solo desde 2012, más de 80 activistas mexicanos han sido asesinados por protestar contra proyectos de infraestructura o extracción de recursos. Muchas comunidades de la laguna quieren el derecho a defender sus tierras, pero también se dan cuenta de que enfrentan un tipo de racialización estatal, que ignora sus soluciones y desconoce las amenazas a sus vidas.

En medio de este ecocidio, otra mujer afrodescendiente de Zapotalito, Dalia mantiene a su familia produciendo lotes de aceite de coco para usar y vender en la comunidad. Recoge y luego seca el coco durante días. Para transformar el coco seco en aceite de coco le lleva de 8 a 14 horas, dependiendo de la cantidad. Sin embargo, debido a su experiencia, el resultado es siempre de la más alta calidad. Para mantenerse al día con la demanda mundial de aceite de coco, el estado y los desarrolladores han invertido en tecnologías secas modernas en lugar de mujeres capacitadas como Dalia. Un mejor futuro para estas poblaciones exige una justicia ambiental que resalte más que la presencia de estas comunidades,  su contribución a México y al mundo contemporáneo.

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